Cuando nacemos somos puros, inocentes, serenos.
¡Tú también eras así!
Nos ilusionábamos por todo… Por ver una mariposa, por las flores, si se te posaba una mariquitina, sembrando una semilla y viéndola crecer, por la llegada de los Reyes Magos, por meternos en los charcos… Pensábamos que éramos capaces de conseguir todo, viviendo en el momento presente.
A medida que fuimos creciendo nos fuimos desconectando de nuestra esencia porque nos fueron marcando todos los NO que recibíamos de nuestro entorno y de la sociedad. Poco a poco decidimos no ir por ese camino porque por esa ruta nuestras necesidades de amor incondicional, de pertenencia al grupo, se hubieran quedado desatendidas. Es entonces cuando dejamos de hacer lo que queríamos o lo que sentíamos por el miedo al qué dirán de mí o por si se reirán de mí, o porque cuando hago esto me riñen y pienso que no me quieren. Todo esto resultaba demasiado doloroso como para seguir por ese camino, y así es como la mayoría de los adultos acabamos bloqueando nuestras emociones.
Los padres de manera inconsciente bloqueaban nuestras emociones con frases como estas:
- “No llores por esa bobería”
- “Si te portas mal, no te voy a querer”
- “Qué feo estás cuando lloras”
Al mismo tiempo nos dábamos cuenta cómo nuestros padres y la sociedad se sentían orgullosos de nosotros o se ponían contentos cuando cumplíamos con las reglas, cuando estábamos quietitos, cuando éramos tranquilos y no hacíamos ruido, cuando sacábamos buenas notas o cuando ganábamos alguna competición…
Todos tenemos necesidad de pertenencia. Todos necesitamos la mirada de mamá y papá, y de todo mi entorno para sentirnos queridos y valorados, y es entonces cuando empezamos a hacer aquello que agradaba a los demás con el fin de ser aceptados.
Así nacieron muchas de nuestras heridas emocionales. Muchos de nosotros llegamos a la vida adulta con esas heridas y, con independencia de nuestra trayectoria vital, hemos de ser responsables y sanar nuestras propias heridas.
La manera de hacerlo es enfocándonos en amarnos con toda el alma. Es muy posible que el proceso sea doloroso, pero el resultado será maravilloso. Cuando curamos nuestras heridas emocionales y nos llenamos de amor, confianza y valía, somos capaces de atender y cuidar las necesidades de nuestros hijos porque nadie puede dar aquello que no tiene dentro.
Y dar lo que no se tuvo resulta doloroso.
Tomemos consciencia y no les hagamos esto a los niños.
“Es más fácil construir niños fuertes que reparar adultos rotos”
“Sé el cambio que quieres ver en tu hogar”
“Tú cambias, todo cambia”
Cuéntame…
¿Crees que has tenido una herida emocional?
Me encantaría leerte
